
Te ocupas de tu hogar, de tu trabajo, de los ascendientes que de ti dependen, de los descendientes que de ti dependen, haces con resignación la declaración de la renta, pagas el IVA en las facturas, votas aunque sea sin muchas ganas, has dejado de fumar, le abres la puerta del portal al cartero que sólo te trae facturas y malas noticias, no aparcas en doble fila ni en ninguna fila porque no hay manera de aparcar, no le miras el escote a la cajera del supermercado o se lo miras muy poco, compras de vez en cuando un libro como quien da limosna para que los escritores no se mueran de hambre, te molestas en leer en el periódico algo más que las páginas de deporte, acudes en ocasiones a las actividades culturales de tu municipio, aunque sean recitales de poesía, que te producen somnolencia y te dejan el cuerpo como desmayado para un buen rato, haces gasto equilibrado entre las tiendas del barrio y las grandes superficies para que todos tengan su parte del negocio, sabes usar el lavavajillas, la lavadora, la freidora, el microondas y si es necesario incluso la olla ultrarrápida, no escupes ni golpeas a los cajeros automáticos cuando están fuera de servicio, si conduces por la ciudad cedes en ocasiones el paso a los peatones en los pasos de cebra y no te saltas demasiadas veces los semáforos, si conduces en carretera no pasas de la velocidad permitida salvo que tengas prisa y no utilizas el teléfono móvil mientras conduces a no ser que te suene o tengas que llamar a alguien, en ocasiones sacas la basura en bolsas bien cerradas y a horas convenientes, no como otros vecinos que lo hacen siempre en bolsas rotas y a cualquier hora, te quedas dormido a menudo en el sillón viendo la tele pero no roncas demasiado, acompañas a tu mujer al ginecólogo e incluso a las tiendas de ropa femenina y esperas paciente, o al menos sin hacer aspavientos exagerados, mientras ella permanece minutos que parecen horas metida en el probador, cuando sale le dices que el vestido le sienta muy bien porque a ella todo le sienta muy bien y dices esto sin afectación, de manera que parezca sincero y verosímil, madrugas aunque sea sábado, domingo o fiesta de guardar y sacas al perro a dar un paseo y haces uso de los servicios de recogida de heces caninas sobre todo si hay alguien mirando, te palpas el bulto del estómago antes de tomar la cuarta cerveza y decides hacer deporte que es muy sano, no haces deporte pero lo intentas desde el sillón, eres un padre responsable y no hablas mal de los profesores de tus hijos delante de los niños y si éstos te han oído algún comentario inapropiado es porque tienen el oído muy agudo, procuras no emplear palabrotas ni groserías al hablar a no ser que te des con el martillo en el dedo o alguien te lleve la contraria, no te metes en política porque opinas que la política es cosa de fulleros y porque jamás te lo han ofrecido, ayudaste una vez a un anciano a cruzar la calle y nunca le has robado a un ciego. En definitiva, eres un ciudadano ejemplar y el mundo debería agradecértelo. Eso, al menos, piensas tú. Pero tu historia no interesa a nadie, porque lo que ahora importa, lo que la sociedad valora con amplios índices de audiencia, no son los ciudadanos ejemplares sino los sinvergüenzas, los canallas, que ocupan a todas horas la pantalla del televisor contando sin pudor y sin decoro la podredumbre de sus banales vidas y cobrando por ello más dinero del que tú ganarás nunca trabajando honradamente. Por eso, a veces dudas de si no serás un pobre tonto que nunca será nadie porque eligió el camino equivocado. Y te entran ganas de engañar a Hacienda, de atracar un banco, de ponerle los cuernos a tu señora, y luego contarlo todo en la televisión. En definitiva, de hacer algo inútilmente útil.
Amado Gómez Ugarte

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