
Estamos a un paso de las celebraciones rutinarias del cambio de año. Si han cambiado ustedes de residencia, de pareja, de trabajo, de ideología, de religión, de médico, de coche, de sexo, entonces ustedes comienzan de verdad un año nuevo. Si no es así, todo será igual que el anterior.
Cada año que pasa queremos creer que somos un poco más maduros, más atractivos, más experimentados. Pero lo que somos es más viejos, más canosos y más puteados por la vida. Nos empeñamos en hacer de cada año acabado un año nuevo, de cada remiendo un vestido a estrenar, de cada desenlace un prólogo. Y lo hacemos porque necesitamos fingir que renacemos cada fin de año de nuestras propias cenizas (como el ave fénix), que no perdemos la juventud del todo, que algo queda, que detrás de la última puerta puede haber un principio. Es nuestra manera de resistir (de soportar) año tras año sin que, en realidad, nada cambie.
Al nuevo año le pedimos todos los años las mismas cosas. Lo cual quiere decir que nunca se cumplen del todo nuestras expectativas, nuestros deseos, si acaso algunas migajas de felicidad comprable (iva incluido) o un poco de suerte en los negocios. El campesino mira al cielo, esperando cosecha, y el urbanita mira hacia los altibajos de la Bolsa, esperando lo mismo. Pero los dos esperan poco, porque las grandes esperanzas sólo existen para los ciudadanos corrientes en los libros y las películas. Son los gobiernos los que tienen la última palabra, los que manejan cifras macroeconómicas y deciden cuando es conveniente decir que el país va bien y que todos debemos alegrarnos. Sepultando en la tumba del olvido a los parados y trabajadores en precariedad temporal, como hacían los faraones egipcios, que enterraban vivo a todo el personal de palacio, lo cual es una manera excelente de reinicializarse, de hacer borrón y cuenta nueva.
Pero lo más recomendable, para no llevarnos dolorosos desengaños en el nuevo año, es conformarse con lo habido y lo sido en el anterior. Como aquellos tuertos que fueron a Lourdes en busca de un milagro y, viendo pasar a un grupo de ciegos, se pusieron a gritar aquello de "Virgencita, Virgencita, que nos quedemos como estamos". En fin, ya me entienden.
Cada año, también, de una manera maquinal se pide y desea paz. Se pide y desea de un modo indeterminado, abstracto, ideal, puro, espiritual, incluso idiota. Como si la paz fuese una concesión de Dios o del destino, que se alcanzase por vía del milagro o la casualidad. Pues no es así. La paz hay que pedírsela (mejor exigírsela) a quienes tienen, aquí en la Tierra, más poder sobre la vida ajena que Dios o el destino, me refiero a quienes manejan armas y las usan o las guardan vigilantes amedrentando a los ciudadanos pacíficos.
Bueno, esperemos que este año que comienza, y que pronto dará sus primeros torpes pasos, no ocurra nada peor y que siempre quede un puente o un istmo en nuestra vida, que nos permita avanzar sin quedar aislados del resto de la gente, del resto de los ciudadanos. Y que juntos, al menos, caminemos…
Amado Gómez Ugarte

